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Blog del Colegio Montellano

Montellano se va de viaje a Ámsterdam

Ha sido una larga espera, pero ha merecido la pena, lo cierto es que el viaje a la capital Holandesa fue inmejorable nada más empezar, así da gusto volar, después de lograr meter todos los “por si acaso” en una minúscula maleta toca facturar, así es la vida. Pero hay que reconocer que durante el vuelo lograron redimirse, que si un sándwich por aquí, que si unas galletitas por allá, que si toma algo de beber para que no te atragantes, y llegamos a Ámsterdam tan felices.

Después de acomodarnos en el hotel y echar a suertes las literas, salimos a hacer el camino de Santiago hasta la Plaza Dam, hicimos una toma de contacto con el temido Barrio Rojo y descubrimos que el mayor peligro que tiene la ciudad son las bicicletas, que no hacía falta ni que hubiera nadie montado encima, porque el lugar en el que se aparcan es la acera, bastaba con que fueras medianamente distraída para comerte un par.


Al día siguiente y tras intentar sin éxito que algún guía nos acogiera bajo su mando, visitamos la casa de Ana Frank, que consiguió inquietarnos, fascinarnos y conmovernos en poco más de una hora, para luego seguir la visita por el barrio judío.


El miércoles tocaba Brujas, eso todo el mundo lo tenía muy claro, incluso el despertador, pero las tres horas de autobús nos sirvieron para recuperar fuerzas y conseguir una temperatura corporal que perderíamos poco después, porque en Brujas, además de descubrir que no nos esperaba Harry Potter, sino que el nombre es una traducción libre (muy libre) de la palabra Brudge (“puente”), que los belgas lo mismo matan al mejor amigo del rey ante él, que montan una cervecería en un manicomio o una galería de arte en un hospital y que los amantes no sólo se suicidan en Verona; también descubrimos que hacía mucho frío.


Finalmente  de vuelta a Ámsterdam, el último día conseguimos encontrar a nuestro guía, Javier. Con el que desvelamos misterios como ¿por qué seguían puestas las luces navideñas? y averiguamos cosas como que una montaña puede ser el Everest o un puente de apenas tres metros de altura, que si tu casa no tiene un gancho olvídate de amueblarla, o que en una ciudad de grandes contrastes pueden convivir el pecado con la devoción o el arte, visitando éste último a través del Museo Van Gogh y más tarde en la Plaza Rembrandt, donde disfrutamos de nuestras últimas horas.

 

Ya sólo queda agradecer:  a Rosa y a María atreverse a viajar con nosotras, y a la Comisión de Cultura que lo hiciera posible, sobre todo al sector palentino y en especial a Ana, Muchas Gracias.

Rebeca Rodríguez Domínguez.

 

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